FerozLand: llevar los valores de una marca a un espacio físico

En Paterna, Valencia, hay un edificio que no pasa desapercibido en una urbanización. Un edificio con forma de casita, pero construido con hexágonos que respetan árboles centenarios. No es un parque público cualquiera, aunque los niños corran, salten y exploren como si lo fuera. Es FerozLand, el centro de operaciones de Zapato Feroz, una marca que nació vendiendo 300 pares de zapatos al año desde un garaje y que el año pasado alcanzó su par número un millón.

“Cuando los clientes venían a nuestra tienda anterior, siempre terminaban preguntando lo mismo: ¿Dónde hay un parque cerca para no tener que meter al peque otra vez en el coche?”, explica Laura García, cofundadora de la marca junto a Héctor Nebot. Esa pregunta repetida fue la semilla de lo que hoy es mucho más que una tienda: un laboratorio, un espacio comunitario y, según sus creadores, un sueño hecho realidad.

Un espacio donde los más pequeños son protagonistas

FerozLand abrió sus puertas en la primavera de 2024 y, desde entonces, cerca de 8.000 familias han pasado por sus instalaciones. No todas lo han hecho para comprar: muchas acuden a jugar o a participar en las charlas pedagógicas que se organizan en la sala múltiple. Otras simplemente disfrutan de una mañana al aire libre, en un entorno seguro y pensado para los más pequeños.

Laura lo deja claro: “No queremos monetizar el espacio. No lo alquilamos. Si alguien quiere dar una charla o celebrar algo que aporte a la comunidad, simplemente lo cedemos de manera altruista”. Han dado clases de movimiento libre a madres con problemas de inclusión, han acogido a colegios con aulas de autismo y han colaborado con otros emprendedores. Héctor resume: “Estamos más centrados en cómo explotar esto para que tenga más impacto social antes que impacto económico”.

Juego libre y exploración

El exterior está formado por espacios de juego desestructurado: rampas, escalones, trozos de madera y obstáculos móviles que los niños reorganizan a su antojo para crear un circuito ninja, una nave espacial o lo que su imaginación dicte. Los edificios acogen una sala polivalente, un pequeño almacén, las oficinas de la empresa y, casi de forma secundaria, la tienda.

“En una tienda normal es todo ‘no toques eso, no te muevas’. Aquí la zona de exposición es muy pequeñita y la mayoría del espacio es para que puedan saltar, subir, explorar”, explica Laura. El resultado: niños que quieren volver y madres que suspiran aliviadas pensando “qué maravilla, comprar así”.

Una tienda con mucha información

Para una marca nativa digital que genera el 85% de sus ingresos online, contar con un punto físico representa, en palabras de Héctor, “una ventaja competitiva brutal”.

“Podemos ver exactamente qué colores gustan más y cuáles menos. No es lo mismo una foto en la tienda online que verlos en persona. Los niños son el espejo del alma: cuando les pones unos zapatos y no les gustan, se nota al instante”. Un dato lo confirma: los modelos que menos se prueban en tienda son, curiosamente, los que más devoluciones registran en el canal online.

Todo el equipo pasa por la tienda en distintos momentos. Jesús, el e-commerce manager, atiende a clientes cada cierto tiempo. “Eso les da información vital: cómo son los productos, cómo reaccionan los clientes, cómo calzan, qué les gusta y qué no”, explica Héctor. “Es nuestro pequeño laboratorio junto a las oficinas; nos permite reaccionar e informarnos muy rápido”.

Filosofía de venta diferente

“Todo el mundo que trabaja aquí sabe que no tiene que vender”, afirma Héctor. “El niño tiene que encontrar el zapato que mejor le vaya y, si no le va ninguno, se va sin zapatos”. Nada de forzar una compra. Todo está alineado con la pedagogía Pikler, anticipando al pequeño cada acción —“Oye, ¿te puedo coger el pie?”— y tratándolo con el mismo respeto que a cualquier adulto.

En vacaciones, Semana Santa o verano, FerozLand se convierte incluso en un pequeño destino turístico. “Es un orgullo ver cómo familias de todas partes del mundo dicen ‘si pasamos por Valencia, tenemos que ir a FerozLand’. Hemos tenido hasta caravanas durmiendo en la puerta, familias que pasaron la noche para venir al día siguiente”.

De 300 pares en tarros de mermelada a 300.000 pares anuales

La historia de Zapato Feroz comenzó hace una década, cuando el hijo de Laura y Héctor cumplió un año y decidieron buscarle los mejores zapatos posibles. Laura, con 15 o 20 años de experiencia en el sector del calzado, conocía el problema: en España había reticencia hacia los zapatos con suela de goma flexible.

El resultado fue el desarrollo de los primeros zapatos. El nombre vino del lobo feroz: “Los niños siempre le dicen ‘que viene el lobo, que viene el lobo’. El lobo siempre es el bueno y el malo. No queríamos que los niños fueran malos, sino feroces”, cuenta Laura.

Empezaron vendiendo 300 pares al año. Luego fueron 600. Después llegó el primer millón de euros de facturación, con solo Laura y Héctor gestionando todo. “Somos muy pro del beneficio y la rentabilidad más allá de la facturación”, matiza Laura.

Los hitos se sucedieron: la primera contratación, la externalización de la logística, el crowdfunding para lanzar la línea infantil cuando su hijo creció y la posterior línea de adultos. “Cuando empezamos con adultos teníamos miedo”, admite Laura. “Pero nos dimos cuenta de que las familias estaban orgullosas de llevar los mismos zapatos que sus hijos, además para saber lo que se sienten”. Hoy fabrican hasta la talla 46 y muchos llevan, como ellos dicen, “a los abuelos al lado oscuro”.

El cliente que compra algo más que zapatos

“El perfil del cliente de Zapato Feroz no es casual”, explica Héctor. “Es una familia que se preocupa por la educación de sus hijos, por la crianza, y eso va muy alineado con que se preocupe también por los pies. No solo están comprando zapatos, sino algo más que hay detrás”.

Esa conexión emocional explica fenómenos como las caravanas durmiendo en la puerta o que Laura, cara visible en redes sociales, a veces entre en la oficina de FerozLand y le pregunten sorprendidos: “¿Pero trabajas aquí?”. “Somos transparentes, somos reales, y esto es una manifestación de lo que somos”, responde.

¿Un FerozLand en Madrid o Barcelona?

La pregunta inevitable surge: ¿se puede replicar FerozLand en otras ciudades? Laura y Héctor lo tienen claro: no es fácil. “Es un proyecto difícil de extrapolar porque no me imagino este concepto en el centro de una ciudad”, reflexiona Laura. “La tienda está casi cerca de la naturaleza, ese es el concepto: estar tranquilos, sin ruido, sin pantallas”.

Recuerdan el día del apagón general: “Los niños estaban jugando, la tienda estaba trabajando normalmente, y a las dos horas alguien dijo ‘creo que se ha ido la luz’. Nadie se había dado cuenta. Había como 20 o 30 familias totalmente aisladas de lo que pasaba”. Ese es el concepto que quieren preservar.

“No es por abrir más tiendas”, advierte Laura. “Hay que hacerlo con el corazón. Y bien”. Antes de pensar en replicar el modelo, están más centrados en explotar el impacto social del espacio actual. “Cuando creamos este espacio pensamos en hacer cosas solidarias, en revertir a la sociedad”, explica Héctor.

Mirando al futuro

De momento, el próximo gran hito será en 2026: el décimo aniversario de la marca. Están preparando algo especial para la comunidad, aunque todavía no revelan qué. Lo que sí está claro es que, sea lo que sea, implicará devolverle algo a esa comunidad que les ha llevado de 300 pares en tarros a un millón de zapatos caminando por el mundo.

Y probablemente, habrá espacio para que los niños corran, salten y se lo pasen bien. Porque al final, como dice Laura: “crear recuerdos es lo más importante”.

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